
Estaré esperando afuera, escuchando medias canciones o leyendo un libro. Puede que sólo tenga mi cámara fotográfica alrededor del cuello, con la correa detrás de mi pollerón café. Puede que haga frío, y qué bueno sería que lo hubiese, pues los brazos cruzados y la cabeza cubierta con algo de algodón resultan bastante cómodos. También es bueno que camine gente alrededor, no demasiada, pero sí lo suficiente para distraer mi mente durante la espera, que me permitan imaginar retratos en blanco y negro o sepia. Estaré esperando afuera, quizás algo pálido y con los ojos a medio abrir, como cuando el sol de las seis encandila. Estaré vestido con jeans y una chaqueta con suficientes bolsillos, no es que necesite demasiados, sólo llevaré mi teléfono, además estará la mochila, una extensión más de mi cuerpo.
Esperaré al atardecer, para luego sentir entrar el frío de la noche, que atraviesa y me obliga a presionar un poco más los brazos. Observaré las luces artificiales entre los árboles otoñales e imaginaré fotografías, quizás me levante y camine alrededor de la banca de siempre y tome algunas fotos.
Veré pasar odiosos colectivos y microbuses que sin palabras me dirán que no hay razón para seguir esperando, que es mejor que me vaya, pero yo seguiré ahí, porque yo sé algo que ellos no, yo tengo la clave de la espera y nadie más que yo sabe lo importante que es eso. Y los colectivos y microbuses no se detendrán, porque así son ellos, y me verán más de una vez en el mismo lugar tras su recorrido, pero yo los miraré e imaginaré fotografías, jugaré con los tiempos de exposición y las luces, y seguiré viendo gente pasar, y seguiré saludando a los perros callejeros, porque mientras ellos pasan yo estaré ocupado con mi espera.
Yo sé en el fondo que no vas a aparecer salvo si es por alguna coincidencia, y sé que de ocurrir aquello sólo habrá un microscópico cruce de miradas y con algo de suerte un saludo con las manos y basta, pero no hace falta que te involucres demasiado en esto, no es necesario que alguien trate de entender mi espera, porque sólo yo tengo la clave de ella.
Se hará tarde y deberé marcharme, y mis ojos estarán a medio abrir y distantes, y observaré con algo de tristeza a aquellos que vea por la ventana del colectivo o microbús y que no están solos, porque quisiera ser como ellos. Pero pensaré en que yo tengo mi espera conmigo, que en definitiva es el único cable que me conecta con el último sentimiento honesto que he tenido.
Entonces, será hasta otro atardecer…